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Señora Ministra de Educación Cecilia María Vélez
Señora Directora de la Fundación Alejandro Ángel Escobar
Señores Miembros de la Junta Directiva
Señores Jurados
Asistentes y amigos,
Ganar el Premio Alejandro Ángel Escobar no ha sido solo una felíz noticia, sino también una grata sorpresa. Hoy no quiero explicarles a ustedes el contenido del libro que escribí. Primero en aras de la brevedad: resumir el mamotreto que la Fundación ha premiado sería labor de titanes y probablemente demasiado aburrido. Y segundo porque si resumo el libro puedo lograr que alguien decida no comprarlo. Basta decir que terminar la obra me tomó varios años y que la escribí ante la dificultad de practicar la arqueología en Colombia durante los últimos tiempos. La distancia que debí tomar de lo que era una de las cosas que más me gusta hacer en la vida, trabajar en campo, me permitió preguntarme por la historia de mi disciplina y en últimas por la forma como el colombiano y el venezolano se han inventado toda suerte de cosas sobre los habitantes indígenas de sus países. Me ayudó a comprender la falacia del criollo que ha llegado hasta apropiarse de la historia del indígena como si fuera suya, llegando a hablar de “nuestros indios” como si en verdad fueran nuestros o de su pasado como si realmente fuera el nuestro. La aventura que emprendí fue una de las más placenteras y reconfortantes de los últimos años. Y más cuando hubo quienes consideraron, con justicia o sin ella, que el producto final era merecedor de un premio. Y más, de éste premio.
En fin, les dije que no les iba a hablar de la obra y cumpliré. Lo que si creo es que este es el momento de pagar deudas, de reconocer que no importa cuán duro haya trabajado en esta empresa, siempre se trata, en mayor o menor grado, de una obra colectiva. Y entonces, las deudas son enormes:
En primer lugar debo agradecer a la Fundación Alejandro Ángel Escobar. Sigo considerando extraordinario que existan fundaciones como ésta, dedicadas a premiar un trabajo que nos da tanto placer y que no cambiaríamos por nada en el mundo. Cuando escribimos lo hacemos por compromiso con el país, o con una gran infinidad de causas justas. Pero la verdad es que también lo hacemos porque nos gusta. Porque es muy difícil imaginarnos haciendo otra cosa. Y entonces, que una Fundación como ésta decida premiar nuestro trabajo de manera tan generosa, nos llena de alegría y satisfacción. El papel que ha jugado esta Fundación a lo largo de los años, y el nombre que se ha ganado, son el producto no solo de un legado generoso sino del empeño de quienes se han dedicado a mantenerla viva y presente en la vida nacional. Ojalá hubiera muchas más fundaciones como ésta. Quizá entonces viviríamos en un país diferente.
En segundo lugar debo agradecer a la Institución en la cual trabajo. También, como la Fundación, es una institución que me sorprende: en ella hacemos lo que nos gusta hacer y además nos pagan. Este libro, y la investigación que lo respalda, hubieran sido completamente inimaginables sin la Universidad de los Andes. La Universidad en la que he trabajado todos estos años se ha empeñado en construir un ambiente académico grato, estimulante y generoso. Y creo que ha tenido éxito notable. Gracias a ella pude dedicar el tiempo necesario a la investigación. La rectoría de la Universidad apoyó financieramente la publicación del libro, en conjunto con el Ceso. A ellos entonces les debo el premio. Recuerdo todavía la forma entusiasta como el Rector decidió aportar los recursos necesarios para publicar el libro, los cuales no fueron poca cosa. Fue un voto de confianza y generosidad que nunca olvidaré. Algo que me llena de orgullo y satisfacción por trabajar donde trabajo.
En la Universidad son muchas las personas que me ayudaron. Debo empezar por quienes en la Biblioteca se encargaron de conseguirme las cosas más increíbles. Ángela María Mejía y Gisella Díaz debieron encontrarse entre las primeras en desear que terminara mi trabajo pronto: mientras no lo hiciera, seguiría molestándolas para que me consiguieran prensa de Caracas de los años cincuenta, testimonios de coleccionistas de objetos precolombinos franceses de principios de siglo XIX, manuales de las clases de geología de Joaquín Acosta, poemas pasados de moda en honor a Bolívar de las élites conservadoras de Medellín y una larga lista de absurdos que siempre pusieron a mi disposición con increíble eficiencia. En el CESO, Álvaro Camacho fue el primer, y por largo tiempo único, lector de mi libro, y gracias a él pude corregir un sinnúmero de errores que de otra manera, si hubieran sido publicados, no me habrían permitido ganar el premio. Gracias a Guillermo Diez por ser mi segundo lector y por haber puesto tanto empeño en que las cosas salieran bien. Igual debo decir de Jorge Morales quien realizó una lectura juiciosa del texto y evito muchas metidas de pata.
En el CESO Álvaro y Francisco Zarur han sido mis cómplices por largos años. Sin ellos mi trabajo sería imposible. Pacho ha hecho una labor increíble y debo a él todo el apoyo para que la investigación saliera adelante. Gracias a ellos dos, Álvaro y Francisco, se ha podido lograr mucho. Y lo mismo debo decir de mi equipo de decanatura: sin Ruth, sin Edith, sin Juan Carlos, sin Natalia, sin las diferentes Linas, sin Vanesa, Mauricio, Alejandro, Mauricio y Alex nada de esto hubiera sido posible.
Inmejorables colegas en la Universidad y por fuera de ella colaboraron con infinidad de favores: Diana Bonnett, Felipe Castañeda, Hugo Fazio, Claudia Steiner, y María Emma Wills (quien sin embargo no logró que le diera al libro una perspectiva de género). Por fuera de la Universidad, Juan y José Hernández, Hernán Jaramillo, Pablo Navas, Daniel Castro, Augusto Gómez, Elisa Vargas, Hildur Zea, Mauricio Tovar, Elvira Cuervo y muchos más contribuyeron generosamente con su ayuda.
También debo este reconocimiento a mis compañeros profesores que han ganado el premio Alejandro Ángel Escobar en los últimos años y que al hacerlo han dado un ejemplo que espero haber seguido: Francisco Leal, de quien sí se puede afirmar sin duda alguna que además de ganarse el premio también era decano; Martha Herrera, Margarita Serje y Mauricio Nieto, tres profesores de la Universidad y muy merecidos ganadores de este premio en años pasados. No ha sido fácil trabajar con tantos premios Alejandro Ángel Escobar en la Facultad, aunque reconozco lo importante que ha sido para nosotros el reconocimiento de tener una planta con profesores como ellos. En todo caso, Francisco, Martha, Margarita y Mauricio fijaron un modelo a seguir en mi sitio de trabajo y era hora de hacer algo que se acercara a lo que ellos han producido.
Una deuda muy especial se la debo a mis asistentes graduados. Con una enorme dedicación de mi parte les enseñé algunos conceptos básicos de las ciencias sociales: gracias a mí, comprendieron y nunca olvidarán lo que quiere decir explotación, plusvalía, y sufrimiento. Son lecciones que espero tengan la suerte de replicar en sus propios estudiantes. Este trabajo no se hubiera podido hacer sin ellos, en especial Alejandra Valverde.
No puedo dejar pasar la oportunidad para agradecer a mi familia. Conté con la enorme suerte de unos padres que apoyaron mi decisión de estudiar antropología y con un hermano que siempre ha estado a mi lado apoyándome y poniendo a mi disposición su magnífica biblioteca. Gracias a mi madre y padre creo que aprendí que querer mi país no es lo mismo que no ver sus enormes problemas y gigantescos retos. Además, por supuesto, de ninguna manera puedo dejar de mencionar a Alina, de quien aprendí mucho sobre trabajo duro y comprometido, honrado e inteligente, durante todos estos meses en que nos hemos acompañado.
También quiero agradecer a los patrocinadores de la investigación: al Instituto Colombiano de Antropología e Historia, al Banco de la República, a la Fundación Carolina, a la Biblioteca Nacional de Venezuela en Caracas, a tantos colegas venezolanos que me dieron la mano con la investigación en el vecino país. Igual debo decir de las bibliotecas y archivos españoles sin los cuales poco se hubiera podido hacer.
Finalmente quiero felicitar a los demás ganadores del Premio Alejandro Ángel Escobar. Muy especialmente a Juan Camilo Cárdenas y a Ana María Ibáñez. Se que el libro de Ana María es una excelente contribución a la comprensión de un tema doloroso para Colombia.
A todos ustedes muchas gracias.
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