Cuando escribo este texto han pasado doce días desde que la sobrina nieta apareció. Una familiar de Alejandro Ángel Escobar —quien creó la Fundación que lleva su nombre—. La Fundación llevaba cuatro años sin nadie de la familia presente. Que las dos nos encontráramos fue una serendipia. Ella, desde hace nueve años lee, colecciona y organiza las cartas de su tío abuelo Alejandro Ángel Escobar. Yo, desde hace un año y medio, dirijo la fundación.
Ella me cuenta, cuando nos vemos por primera vez, que lo único que queda de la gran fortuna de los Ángel Escobar es esta Fundación. Y una palabra empieza a punzarme: trascender. Según la filosofía, trascender significa superar los límites de la experiencia. Pienso en cómo sería durar siete décadas más después de morir. Durar haciendo. Durar dando, durar transformando la vida de otros. Invoco a Alejandro Ángel Escobar y pienso en su legado.
Esta Fundación nació con la apertura de su testamento hace 70 años. Ese día, la viuda del difunto, su hermana y dos testigos rompieron el sello de su voluntad. Allí decía que con una cuarta parte de sus bienes se debería crear este lugar destinado al fomento de la ciencia y la solidaridad a través de la entrega de premios.
Desde entonces, se han otorgado 146 galardones y 197 menciones de honor en las categorías de ciencias exactas, físicas y naturales; ciencias sociales y humanas; y medio ambiente y desarrollo sostenible. Estos premios son hoy conocidos como los Nobel colombianos. En solidaridad han sido 135 los premiados y 71 las menciones de honor. Y hace 20 años nació un nuevo fondo, Colombia Biodiversa, que otorga un auxilio económico a estudiantes e investigadores de pregrado y maestría para el desarrollo de sus tesis de grado sobre conservación y uso sostenible de la biodiversidad colombiana, con el que 171 jóvenes se han beneficiado. En total han sido más de 20.000 millones de pesos entregados. Vuelvo a pensar en el legado y en esa forma bella de la filantropía que rompe incluso las fronteras de una vida.
La sobrina nieta me compartió una de esas cartas que hace parte del archivo de siete metros lineales que ella custodia y estudia. Una de Alejandro Ángel Escobar dirigida a su padre Alejandro Ángel Londoño, el empresario paisa que construyó la gran fortuna de esa familia y quien entonces vivía en París. Es de enero 12 de 1931. Leo el saludo y me enternezco: Querido papacito. En la misiva le da cuenta de los negocios y le insiste en que regrese a vivir a Medellín.
Cuando escribió esa carta Alejandro tenía 28 años, le quedaban 22 de vida. Se había educado en Estados Unidos e Inglaterra y hacía cuatro años había regresado a Medellín, su ciudad natal. Para esa fecha Alejandro llevaba siete meses casado con María Restrepo de Ángel y con ella viajaría a Estocolmo muchos años después, para conocer la Fundación Nobel, donde nació la idea que plasmaría en su testamento. Fue justo después de ese viaje, a los 46 años, cuando Alejandro redactó a máquina su testamento y lo entregó sellado en la Notaría Cuarta de Bogotá, sin saber que moriría cuatro años más tarde, con apenas 50. Una familiar de Alejandro Ángel Escobar —quien creó la Fundación que lleva su nombre—.
Durante estas décadas la FAAE ha premiado el trabajo de las organizaciones sin ánimo de lucro, lo que le ha permitido tomarle el pulso al corazón solidario del país y mapear las más destacadas iniciativas dirigidas a mejorar la vida de los más vulnerables. Asimismo, la Fundación ha venido apuntando a uno de los sectores más huérfanos del país: la ciencia y los científicos. La inversión en ciencia y tecnología en Colombia aún está por debajo del promedio de los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) y lejos de la media mundial. Para 2023 Colombia destinó alrededor del 0,29% de su PIB a investigación y desarrollo (I+D), una cifra solo comparable con la de países de bajo ingreso como como Camboya (0,1 %), Uganda (0,2 %), Nepal, Malí y Etiopía (0,3 %)[1]. Mientras en Colombia el número de investigadores por millón de habitantes es de 88; el promedio para los miembros de la OCDE es de 4.464.[2]. Los premios de ciencia Alejandro Ángel Escobar han sido el único estímulo que, durante 70 años, de manera ininterrumpida, ha impulsado este renglón en Colombia.
En 2025 la FAAE cumplirá 70 años y me pregunto ¿cómo es que el legado de un solo hombre ha perdurado siete décadas? Ese apellido y la medalla con su rostro, que se entrega a los ganadores, han marcado a generaciones de investigadores y organizaciones sociales que casi siempre trabajan en soledad y en silencio. El premio ha arrojado luz sobre la labor de tantos científicos que consagran la vida al conocimiento y ha dado aliento a los líderes de la sociedad civil que se niegan a declararse impotentes ante los dramas de los demás. Esa fórmula para mantenerse en el tiempo, casi para eternizarse, ha mezclado hasta ahora la austeridad en el gasto y un pequeño equipo de trabajo. Además, un consejo directivo compuesto por académicos, filántropos y expertos financieros, con una visión que entiende la educación, las artes y las ciencias como asuntos centrales para el desarrollo de una sociedad.
Esa fórmula había tenido también, hasta hace poco, la presencia de algún miembro de la familia. Primero la viuda de Alejandro Ángel como directora casi hasta el día de su muerte; luego su sobrina, Camila Botero, quien estuvo al frente por décadas y, luego, otra sobrina, con un paso fugaz por la fundación y con quien se fracturó esta tradición. Yo me reencuentro con la sobrina nieta de nuestro fundador, quien sabía de la Fundación, pero nunca se había acercado. ¡Las sobrinas!, me digo, son quienes han perpetuando la historia de esta Fundación. Vuelvo a pensar en la frase de la sobrina nieta “… lo único que queda de la gran fortuna de los Ángel Escobar es esta fundación” y le contesto a destiempo: bueno, quedó lo más importante, tal vez lo único que podía trascender.
[1] Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación
[2] https://compite.com.co/informe/informe-nacional-de-competitividad-2022-2023/#cpc_breadcrumb
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