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Lo que crece cuando se premia la ciencia

FAAE

En un país donde el presupuesto para la ciencia retrocede con frecuencia ante las urgencias de lo inmediato, existen historias que obligan a repensar el valor del largo plazo. Hace exactamente tres décadas, en 1996, la Fundación Alejandro Ángel Escobar entregó el Premio Nacional de Ciencias a una investigación que no solo catalogó una línea de la biodiversidad colombiana, sino que terminó por sembrarla.

Aquel año, la obra Field Guide to the Palms of the Americas, fruto del rigor de Gloria Galeano Garcés y Rodrigo Bernal junto a Andrew Henderson, recibió el Premio Nacional en Ciencias Exactas, Físicas y Naturales. Para la mayoría de los científicos, un reconocimiento de esta magnitud es la culminación de una etapa. Para Galeano y Bernal, fue el capital semilla de un experimento ecológico que hoy, 30 años después, desafía la degradación del paisaje quindiano bajo el nombre de la Reserva Natural Guadualito.

Esta reserva tiene una arquitectura compartida. Gloria Galeano Garcés, quien falleció en 2017, no fue solo una coautora: fue el cimiento de una forma de hacer botánica en Colombia que hoy es referencia mundial. La Universidad Nacional de Colombia en su sede Bogotá lleva su nombre en el Edificio Aulas de Ciencias. Pero el verdadero monumento a su trabajo es la restauración técnica de esas ocho hectáreas de tierra que, junto a Bernal, decidió proteger cuando el mundo científico apenas empezaba a hablar de restauración pasiva.

El premio cambió la escala de lo posible

Antes del reconocimiento, Bernal y Galeano ya soñaban con una colección viva de palmas y con restaurar un territorio degradado. El Eje Cafetero era el sitio ideal, pero la tierra en esa región costaba lo que dos salarios de profesores universitarios no podían cubrir. El premio cambió la ecuación. Con esos recursos, los ahorros de varios años y un crédito bancario, compraron en 1998 la finca El Amparo, un potrero erosionado en Montenegro, Quindío, donde la ganadería había dejado el suelo cubierto solo por pastos invasores y un solitario árbol de mango. Bernal es categórico: "Si no hubiésemos tenido el dinero del premio, habría sido simplemente imposible adquirir esta propiedad." El reconocimiento no fue solo una medalla. Fue el título de propiedad de un ecosistema por nacer.

El rigor detrás de la restauración

Lo que vino después fue un proceso largo, de decisiones técnicas acertadas y ensayos fallidos. El pasto india que cubría la pendiente del cañón del río Roble podía ahogar cualquier árbol joven¹. En un primer intento de reforestación sembró 2.000 árboles de 22 especies, pero el pasto cerraba los claros antes de que las plántulas lograran crecer. La solución fue más orgánica y rigurosa: arrancar manualmente, una a una, todas las matas de pasto invasor para permitir que el bosque secundario surgiera de las semillas traídas por las aves y el viento. Fue esa persistencia técnica la que permitió que yarumos, higuerones y laureles recuperaran el cañón.

En 2007, Bernal tomó la decisión que describe como difícil: renunció a su cargo de profesor asociado en la Universidad Nacional y trasladó su trabajo de campo y su escritorio científico a Guadualito. Lejos de aislarlo, esa inmersión en el territorio potenció su capacidad de generar conocimiento. Desde allí coordinó algunas de las obras botánicas más ambiciosas del país: el Catálogo de Plantas y Líquenes de Colombia —con 27.861 especies documentadas—, la Colección Nacional de Palmas Colombianas y, en 2023, la primera guía de campo de polillas para América Latina, con 680 de sus 2.065 especies registradas dentro del propio predio de Guadualito.

Hoy la reserva alberga 132 especies de palmas —78 nativas de Colombia—, 49 especies de frutales amazónicos poco conocidos, y plantas medicinales y sagradas de comunidades de todo el país. El antiguo potrero es el hogar de 173 especies de aves, 14 de ellas colibríes, y de mamíferos como los monos nocturnos y los aulladores que llegaron solos a medida que el bosque les ofreció refugio.

Como Bernal mismo reconoce, toda esta producción científica es también "un producto indirecto del premio Alejandro Ángel Escobar."

El futuro de la excelencia

El Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar sigue siendo ese faro silencioso que desata avalanchas de cambio. En 2025, Bernal aportó su experiencia como jurado de la categoría de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, evaluando las investigaciones que definirán el futuro científico del país. Su trayectoria no es el fin de un ciclo, sino la continuación de una labor vital: asegurar que la excelencia sea reconocida con la misma visión que hace treinta años permitió convertir un potrero erosionado en bosque.

"Tardé 20 años en caer en la cuenta de que era la Fundación Alejandro Ángel Escobar la que había desatado esta avalancha de cambios en mi vida", dice Bernal. "Tan silenciosa y discreta, que no la había visto."

Guadualito es la prueba de que, en Colombia, premiar la ciencia es una de las formas más efectivas de conservar la vida.

¹ El pasto india (Megathyrsus maximus) es una gramínea africana introducida en Colombia para uso ganadero. Crece hasta tres metros de altura, forma coberturas densas e impenetrables y compite agresivamente con otras plantas, lo que la convierte en uno de los principales obstáculos para la restauración de bosques tropicales.

Convocatoria 2026

Investigaciones con impacto duradero en la ciencia y el territorio, como esta, son las que reconocemos. La Fundación invita a investigadores e instituciones sin ánimo de lucro de todo el país a postularse a la convocatoria 2026 de los Premios Nacionales de Ciencias y Solidaridad Alejandro Ángel Escobar, en las categorías de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; Ciencias Sociales y Humanas; Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible; y Solidaridad.

La información completa está disponible en: https://www.faae.org.co/convocatoria-premios/

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